Hablemos de cómo se experimenta el racismo en el contexto de Colombia y otros países de América Latina

 Hablemos de cómo se experimenta el racismo en el contexto de Colombia y otros países de América Latina

Por: Jonh Jak Becerra Palacios

No todas las personas negras/afrodescendientes experimentamos el racismo de la misma manera en ciudades como Bogotá. Recuerdo el año 2007, cuando trabajaba con un compañero llamado Robert Caraballo. Él solía ser blanco de ataques verbales constantes y crueles por parte de colegas mestizos o blancos. Comentarios como "Miren a ese negro Robert, es que es bruto, negro, tenía que ser" eran frecuentes y se pronunciaban abiertamente, incluso delante de mí, como si mi propia negritud fuera invisible o irrelevante. Un día, harto de presenciar tal violencia, enfrenté a los agresores: "Eso es racismo". La respuesta de uno de ellos, Míguelo, fue tan reveladora como hiriente: "Uy, pero usted no está negro como ese Robert, que es un carbón de lo negro, una chaca azul". En esa frase se condensaba una lógica profundamente arraigada: en América Latina, el racismo opera en un sistema de pigmentocracia, donde la melanina determina el grado de humanidad y dignidad que se nos concede. Entre más oscura la piel, más feroz es el racismo.

La ideología del mestizaje, dominante en países como Colombia, ha funcionado no como un puente hacia la igualdad, sino como una estrategia de blanqueamiento simbólico y negación de la diversidad racial. Se nos educa para aspirar a la blancura: en los rasgos, en el lenguaje, en la conducta. Esta aspiración encubre una jerarquía racial donde lo blanco es superior, lo negro es sospechoso y lo mestizo es el punto intermedio, aceptado solo en la medida en que se acerque a lo primero. He conocido personas negras con uno de sus padres blanco/mestizo. En muchos casos, sus experiencias con el racismo son diferentes a las de quienes, como Robert o como yo, tenemos rasgos más marcados y piel más oscura. En 2019 conocí a una mujer "afro-argentina" que vivió en Río de Janeiro y luego se trasladó a Bogotá en 2022. Aquí fue percibida como blanca/mestiza. No enfrentó restricciones de acceso ni vigilancia en centros comerciales. En cambio, cuando yo ingreso a un almacén, el guarda de seguridad me sigue. Si camino por la calle, la policía me perfila. En el transporte público, hay quienes se incomodan con mi presencia, incluso prefieren darme la espalda.

Esto evidencia que la negritud, en contextos como el colombiano, no es solo una cuestión de origen o ascendencia, sino de apariencia fenotípica. La experiencia del racismo no es homogénea: varía según el tono de piel, los rasgos faciales, la textura del cabello. Así, dentro del mismo pueblo negro, se reproducen jerarquías internas impuestas por la mirada blanca y colonial. Y a veces, incluso quienes tienen privilegios relativos —por ser percibidos como "menos negros"— se sienten incómodos con la lucha antirracista de quienes, como yo, confrontamos abiertamente el sistema. Esto también lleva, en algunos casos, a la negación de la identidad africana negra. Se acepta el privilegio, se disfruta de las ventajas comparativas, y se toma distancia de lo afro. Lo doloroso es que esta distancia no es neutral: debilita las luchas colectivas y fragmenta la resistencia.

Como lo ha señalado Frantz Fanon, la colonización no solo ocupó territorios: también colonizó las mentes. Y como lo escribe Ta-Nehisi Coates, el cuerpo negro es el campo de batalla en el que se inscriben esas violencias. La experiencia de ser seguido por un guardia, de ser observado con sospecha, no es anecdótica. Es el resultado de un sistema racializado que ha naturalizado la inferiorización de nuestras vidas. En América Latina —y en Bogotá, con toda su pretensión de ciudad moderna e inclusiva— sigue siendo incómodo hablar de esto. Pero es necesario. Porque mientras se silencien estas verdades, el racismo seguirá operando en las sombras de la costumbre y de lo "normal". Y nuestra lucha, entonces, no es solo por el reconocimiento, sino por la descolonización profunda de las miradas, los cuerpos y los relatos. Esto no es un testimonio individual. Es un grito colectivo. Es el eco de una historia que muchos quieren olvidar, pero que seguimos viviendo. La verdad incómoda es que la negritud sigue siendo objeto de exclusión, sospecha y violencia. Y si no lo nombramos con firmeza, seguiremos siendo cómplices del silencio.

 

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